miércoles, 17 de febrero de 2010

Efecto Mariposa


 

Era el tercero de la línea. Aunque todos estaban uniformados en vestuario y maquillaje, Juan Primo se le reveló al instante. Incluso le pareció que su hermano la miraba. El era el tercero desde la derecha de una larga cortina humana de piernas tensadas, brazos extendidos y cuellos en fuga. ¿En qué estaría pensando él? En nada, o en nada más que en el siguiente paso que debería ejecutar tan perfecto en lo individual como ensamblado al movimiento de los otros intérpretes. Precisión singular, sincronización universal. ¿Y ella? Ella pensaba en él. Por fin la presentación en el Teatro Real estaba sucediendo. Y también pensaba en Juan Secondo, su hermano menor, nacido casi una hora después, en el límite del conocimiento y de casi toda experiencia sobre gemelos.

Pensaba en Primo, que ahora hacía alarde de una asombrosa contención aérea, elevándose y sosteniendo el salto; una figura homogénea de extremidades, torso y cadera, como una flecha impulsada y suspendida, pura fortaleza y levedad. Y pensaba en Secondo, que estaba tan lejos... Lo quería llamar: 88 552, y después el número de su celular. ¿Nada más? Era el otro extremo del planeta. ¿Qué hora sería en Chengdu?.

Pensaba... El lago de los cisnes...  Los sábados a la noche que pasaban los tres, mirando una y otra vez el video de la Companhia Nacional de Bailado, en el Teatro Camoes de Lisboa... Y después, las representaciones en el garage: ella, el príncipe Sigfrido; Juan Primo, Odette, el cisne blanco; y Juan Secondo, Odile, el cisne negro, además de maestro de ceremonias y público... La revista Danza Clásica Hoy con la que copiaban las ilustraciones que indicaban los movimientos impronunciables: el pas de deux, el baile de ella y Primo y el pas de trois, si lograban convencer a Secondo de jugar con ellos. A él le encantaban las piruetas, las acrobacias, y especialmente el momento de levantar -a ella o a Primo- y llevarlos por los aires, alrededor de toda la planta baja, haciéndoles cosquillas... Pensaba y volvía a ver las fotos de Alina Cojocaru, Maya Plisetskaya, Rudolf Nureyev, Mijaíl Baryshnikov... El disco de Tchaikovsky y el libro de pinturas de Edgar Degas.

La visión de Juan Primo finalizando un nuevo salto, descendiendo desde el aire, gradualmente, apoyando los dedos primero –como haciendo pie en una piscina-, y finalmente, el talón, la devolvió al teatro, y a sus dedos rígidos sobre la pantalla del celular: 88... 552... el código de China, y el de Chengdu... y el celular. Quizás Secondo estaría en la universidad. Antes consultaría con el operador o intentaría hacerlo desde Internet. Cambió la pantalla. También la escena: ahora Juan Primo participaba de un juego de rotaciones que procuraban romper deliberadamente con el estado de coordinación y equilibro. Giraba la cabeza hacia afuera, se impulsaba con la cadera y el tronco, y daba vueltas tomando cada vez mayor velocidad; las piernas extendidas y levemente inclinadas hacia atrás. Y al mismo tiempo que el cuerpo se arqueaba, comenzaban a batirse en el aire, igual que los brazos, que junto con las manos consumaban un dramático y apasionado aleteo. La vida y la muerte, el bien y el mal, el principio y el final de la existencia agitaban sus fuerzas en ese movimiento, como el de una mariposa...

Ingresó a Internet a través de Google, la mirada se perdió en el titular cuyas palabras provocaron una inmediata atracción, como si la hubieran estado esperando: Terremoto en China... Acababa de suceder, era de 7,8 grados Ritcher, en el suroccidente del país, en la provincia de Sichuan; era el peor de los últimos 30 años, ya se contaban más de 11.000 víctimas fatales, la agencia de noticias pública china empezaba a mostrar imágenes de las calles de Chengdu devastadas, y el complejo universitario del distrito de Dujiangyan en ruinas...

Juan Primo hizo una reverencia. Ahora sí ella estaba segura de que la estaba mirando. Vieron lágrimas, de él y de ella. Pas de deux.

 

 

 

viernes, 12 de febrero de 2010

Isla-incierta-de-cierto-libro


 

Nadó y nadó, hasta casi no sentir los brazos que empezaron a moverse como las agujas de un reloj que ya memorizaban sentido y ritmo sin necesidad de que nadie, jamás, volviera a darle cuerda. Notaba que ante cada aspaviento suyo el agua se desvanecía hasta vaporizarse, y sobre la superficie, sin salpicar, emergían desde el fondo del océano (¿o acaso sería el estanque del jardín dónde alguna vez se había ahogado su muñeca Tibbie?¿Y si se trataba otra vez de su propio mar de lágrimas?) diminutas criaturas tan particulares que no eran nada de lo aprendido por ella en sus clases de zoología, ni desconocido como las que había admirado en su Cuaderno de seres fantásticos de la Tierra Salvaje de Sir Benjamin T.W Balthus. Eran no peces, no aves, no anémonas, no mamíferos, no moluscos. Eran peces sin espinas, con ojos de lémur y melena de león, aves desplumadas, con arrugas y capelinas de seda, anémonas del color (y olor) de las mofetas, animales de cuatro patas esponjosos, con los miembros ateridos y oscilantes, ¡y crestas de vencejo!, osos de agua dorados, con corbatas a lunares, estrellas de mar que movían incesantemente sus casi piernas y casi brazos como un niño, y moluscos con garras...

Un cierto Pez Palo o incierto Albatros nadaba y volaba a la par de Alicia, por delante y por detrás, arriba como una nube, abajo como una hoja de camalote, casi adherido a ella, y susurrando: alicia alisa con alioli una lacia y lucificada alhaja a su alteza aislada... alicia alisa con alioli una lacia y lucificada alhaja a su alteza aislada... Escuchó una y otra vez esa misma frase dicha de manera desanimada por el no-Pez Palo no-Albatros, pronunciada al detalle como un secreto que debía ser memorizado palabra por palabra, como si en alguna de ellas y entre sus espacios y pausas vagara la clave de un misterio.

¡Por supuesto! Alicia abrió grande la boca tragando una familia completa de ciertas focas de Groenlandia con pico de frailecillos, y se detuvo inmediatamente. Así consiguió despegarse de su incómoda compañía que ya no flotaba ni planeaba a su alrededor. Estaba tan excitada que ni siquiera advirtió que junto a ella brotaron un reloj de bolsillo y un chaleco diminuto (*).

¡La isla!, ¡La isla!, gritó Alicia. Y sin tiempo a volver a escucharse cambió el rumbo. Justo en ese preciso instante aparecieron en el horizonte, enormes y fulgurantes como el último aliento del sol, los ojos del gato de Cheshire, enseguida pudo distinguir la cola y, finalmente, la sonrisa. Ya nada le resultaba tan raro, mucho menos que un gato de Cheshire pudiera sonreír, e incluso hablar como ya lo había hecho antes, desde la rama del árbol, apareciendo y esfumándose:  –“¿Serías tan pero tan loca y cambiar tu singular historia por la de una isla de la que no conoces nada y que acaso ya haya sido contada antes de que tú llegues hasta allí?”. Y eso sin mencionar la posibilidad de que tus pies se hundan apenas la alcances”, dijo el Gato. –“¿Qué final quieres tú: escapar de la Reina y su sentencia, o asirla del cuello, cortarle la cabeza, robar su corona e incluso quemar sus cartas? ¡Alicia!, dijo el Gato, sin recibir respuesta de la niña que ya no flotaba con la languidez del instante previo. ¡Alicia!¡Alicia!, gruñó, sacudiéndola con su pata derecha, hasta soltarla de su ensoñación.

Cuando Alicia finalmente lo oyó –recostada su cabeza sobre las raíces del árbol, en la orilla del río- apenas advirtió el desvalido ronroneo de su gata Dina. Miaaaaauuuuu... miiiiiiaauuuuu... Tendría que levantarse de inmediato y salir corriendo a buscar más leche.

 

(*) ¿Habría naufragado el Conejo Blanco?.

 

 

viernes, 29 de enero de 2010


¿QUE ISLA DESIERTA LLEVARIAS A UN LIBRO?

sábado, 16 de enero de 2010

Lo que vio el capitán Ulvacus


Aquel domingo de otoño de 1905 el barco de bandera sueca al mando del capitán Olof Strömmen Ulvacus deambulaba sobre aguas pesadas; un mar de escollos industriales y consumos domésticos abandonados a una deriva estancada. Habían pasado cuarenta y cinco días y un atardecer desde su partida de Estocolmo, y ¡qué lejos estaba todo aquello! –una costa inmensa, iluminada, delicadamente delineada por puentes y cuellos de edificios universitarios e iglesias, rodeando en círculos la Kornhamnstorg– de lo que ahora tenía frente a sus ojos. Un paisaje estrecho, como una escenografía, como un grabado, como un dibujo en trazos gruesos y de pocas tonalidades. A simple vista no veía más que agua mugrienta, y sobre ella el reflejo de las primeras luces encendidas en cubierta, algunas viboreando camino a ese puerto desconocido.

Miraba sin que le importara llevarse nada de aquel lugar de paso... Pero algo llamó la atención del capitán Olof Strömmen Ulvacus. De la costa, llegaban gritos, avanzando en vuelo rasante, como el de un ave que, cansada de señalar la proximidad con la tierra, se abalanzaba con ella misma. Voces ininteligibles que se mezclaban con cierta música; cuerdas, o tal vez un acordeón.

El capitán pidió sus binoculares. Y apenas sus dedos ajustaron mecánicamente el foco vio a un grupo de hombres, cuatro, siete, diez y más según desplazaba la vista tanto a la derecha como a la izquierda. Necesitó algunos segundos más para darse cuenta de que jugaban al football. De inmediato se entretuvo siguiendo el match, la pelota viajando en diferentes direcciones y hacia arriba, superando la altura de los alambrados y construcciones de chapa y hormigón del fondo, e incluso escapando por unos instantes de su objetivo. Apenas volvía su imagen, veía cómo los hombres iban detrás de ella, alentados por su propio clamor y por el de los espectadores de la contienda: un puñado de hombres, obreros y pescadores, y dos mujeres que conquistaron la atención del capitán en cuanto su visión binocular reparó en ellas.

Sentadas en un banco, una rubia, la otra morocha, más bien pelirroja... La que lo llevó de viaje... Se acordó de “la bailarina hindú”, la de las túnicas transparentes y los velos que se iban cayendo, uno a uno. La había visto una vez (alcanzaba para la eternidad) en un cabaret de Estocolmo... Mata Hari... Cuando recordó aquel nombre la música del acordeón que llegaba desde la costa sobrealimentó su remembranza: “la bailarina hindú” y él tocando en la orquesta que tuvo que abandonar debido a sus frecuentes excursiones, ¡la Hottenanny Super Trouper! Lo suyo era precisamente el acordeón. Entonces pensó en su hijo y en su nieto recién nacido, e imaginó que a la vuelta de aquella larga travesía le regalaría su instrumento para que en el futuro él pudiera seguir sus pasos y tener también una banda.

De repente, los gritos cesaron, también la música, la pelota se detuvo y los hombres alrededor de ella. Todos inmóviles como en una postal, a excepción de uno de ellos, alguien importante en el grupo, seguramente el capitán de uno de los equipos que desde la dársena, haciéndole frente a la mirada de Olof Strömmen Ulvacus y con movimientos metódicos y casi coreográficos -como si le estuviera dedicando aquella faena-, activó el puente levadizo de acero con la cabeza en alto y la vista clavada metros arriba de la frente del capitán, por encima de las velas, en lo más alto del mástil, en la bandera que se agitaba anunciando una fuerte tormenta.

Para entonces el capitán Olof Strömmen Ulvacus volvió a hacer girar el timón de su mente rumbo a los días por venir de su amado nieto y ya lo imaginó integrante de una banda con un nombre que llevaría por azar desde aquel puerto lejano, de acuerdo a las iniciales de lo que miraba y se llevaría para siempre: en un puerto de la Argentina, en el barrio de la Boca, clavado en un árbol, un cartel avisaba Barracas a la derecha, y a la izquierda los Astilleros... ABBA, pensó.

 

* Don't go wasting your emotion... Lay all your love on me.

 

jueves, 14 de enero de 2010


Un árbol: -Esto es un texto de prueba. Una experiencia para el conocimiento.

Una roca: -Esto sigue siendo un texto de prueba... ESTO también es un texto de prueba... Y ESTO... Y ESTO... Y ESTO...

Una nube: -Subir o bajar, salir o entrar, irse o quedarse, irse y volver, hablar (decir algo), hablar (no decir nada) o callar (decir algo). Depende.