
Nadó y nadó, hasta casi no sentir los brazos que empezaron a moverse como las agujas de un reloj que ya memorizaban sentido y ritmo sin necesidad de que nadie, jamás, volviera a darle cuerda. Notaba que ante cada aspaviento suyo el agua se desvanecía hasta vaporizarse, y sobre la superficie, sin salpicar, emergían desde el fondo del océano (¿o acaso sería el estanque del jardín dónde alguna vez se había ahogado su muñeca Tibbie?¿Y si se trataba otra vez de su propio mar de lágrimas?) diminutas criaturas tan particulares que no eran nada de lo aprendido por ella en sus clases de zoología, ni desconocido como las que había admirado en su Cuaderno de seres fantásticos de la Tierra Salvaje de Sir Benjamin T.W Balthus. Eran no peces, no aves, no anémonas, no mamíferos, no moluscos. Eran peces sin espinas, con ojos de lémur y melena de león, aves desplumadas, con arrugas y capelinas de seda, anémonas del color (y olor) de las mofetas, animales de cuatro patas esponjosos, con los miembros ateridos y oscilantes, ¡y crestas de vencejo!, osos de agua dorados, con corbatas a lunares, estrellas de mar que movían incesantemente sus casi piernas y casi brazos como un niño, y moluscos con garras...
Un cierto Pez Palo o incierto Albatros nadaba y volaba a la par de Alicia, por delante y por detrás, arriba como una nube, abajo como una hoja de camalote, casi adherido a ella, y susurrando: alicia alisa con alioli una lacia y lucificada alhaja a su alteza aislada... alicia alisa con alioli una lacia y lucificada alhaja a su alteza aislada... Escuchó una y otra vez esa misma frase dicha de manera desanimada por el no-Pez Palo no-Albatros, pronunciada al detalle como un secreto que debía ser memorizado palabra por palabra, como si en alguna de ellas y entre sus espacios y pausas vagara la clave de un misterio.
¡Por supuesto! Alicia abrió grande la boca tragando una familia completa de ciertas focas de Groenlandia con pico de frailecillos, y se detuvo inmediatamente. Así consiguió despegarse de su incómoda compañía que ya no flotaba ni planeaba a su alrededor. Estaba tan excitada que ni siquiera advirtió que junto a ella brotaron un reloj de bolsillo y un chaleco diminuto (*).
¡La isla!, ¡La isla!, gritó Alicia. Y sin tiempo a volver a escucharse cambió el rumbo. Justo en ese preciso instante aparecieron en el horizonte, enormes y fulgurantes como el último aliento del sol, los ojos del gato de Cheshire, enseguida pudo distinguir la cola y, finalmente, la sonrisa. Ya nada le resultaba tan raro, mucho menos que un gato de Cheshire pudiera sonreír, e incluso hablar como ya lo había hecho antes, desde la rama del árbol, apareciendo y esfumándose: –“¿Serías tan pero tan loca y cambiar tu singular historia por la de una isla de la que no conoces nada y que acaso ya haya sido contada antes de que tú llegues hasta allí?”. Y eso sin mencionar la posibilidad de que tus pies se hundan apenas la alcances”, dijo el Gato. –“¿Qué final quieres tú: escapar de la Reina y su sentencia, o asirla del cuello, cortarle la cabeza, robar su corona e incluso quemar sus cartas? ¡Alicia!, dijo el Gato, sin recibir respuesta de la niña que ya no flotaba con la languidez del instante previo. ¡Alicia!¡Alicia!, gruñó, sacudiéndola con su pata derecha, hasta soltarla de su ensoñación.
Cuando Alicia finalmente lo oyó –recostada su cabeza sobre las raíces del árbol, en la orilla del río- apenas advirtió el desvalido ronroneo de su gata Dina. Miaaaaauuuuu... miiiiiiaauuuuu... Tendría que levantarse de inmediato y salir corriendo a buscar más leche.
(*) ¿Habría naufragado el Conejo Blanco?.
1 comentario:
Nube, àrbol, roca, te fumaste una pepa te fumaste? Te bautizaron con agua de la canilla de Marìa Elena, de Lewis? Adorable!
Liebre de Marzo
Publicar un comentario