sábado, 17 de marzo de 2012

AVE CESAR



La culpa es siempre del encargado...

En el siglo XX y después es el relevo social del mayordomo y de la servicial y dócil servidumbre de las historias de época.

Desde la Planta Baja, es el testigo del ir y venir de los poderosos, o simplemente los dueños de ese espacio en el que cohabitan pero que a él no le pertenece.

Su lugar es el sótano, cruzando un pasillo de tubos fluorescentes fallidos. En Mientras duermes (Jaume Balagueró, 2011) César (Luis Tosar) es su representante y vengador.

El es el hombre del palier, con debilidad por la chica del 5to B, Clara (Marta Etura), los sobres amarillos, las cartas y los mensajes de texto anónimos. Y sobre todo, le gusta acostarse boca arriba, debajo de la cama de los otros, hasta las 5:00 AM.

Un thriller de ascensores con puertas de rejas, pasillos a oscuras, mirillas indiscretas (hay unos ojos de niña mirándolo todo) y una azotea desde la que siempre es una tentación tirarse y que todo acabe.

El consejo de César: si querés llamar la atención de una chica, y que ella te necesite y que después te lo agradezca muchísimo, llenále el departamento de cucarachas y acudí en su ayuda.

jueves, 8 de septiembre de 2011

LARGA VIDA A NELLY



Un árbol: -¿Se enteraron que Nelly Omar cumple 100 años?

Una roca: -¡100 años Nelly Omar!

Una nube: -Entonces será que los travestis viven más.

lunes, 15 de agosto de 2011

La surrealidad del amor



La miran. Cierra los ojos. Baila.

Mapa, fuego, cuchillo, llave... El quinto instrumento es un misterio.

Un árbol, una roca, una nube... Pienso en la ciencia del amor, y es el momento de contarla, como el forastero al chico, en el bar del café triste.

La sabiduría del perfecto enamorado que no empieza por el revés

-amando a una mujer- sino por el principio: tomar de la calle el elemento más insignificante, llevarlo a casa, y quererlo. Elegir otro, recibirlo, concentrarse en él, y amarlo. Y así pasar de una cosa a otra, gradualmente, mientras se adquiere la ciencia -la técnica- del amar/ desear verdadero, a todas las cosas de este mundo: un árbol, una roca, una nube...

Mapa, fuego, cuchillo, llave...

Hasta amar/desear/liberar todo. A todas (*).

(*) Baby Doll (Emily Browning), Sweet Pea (Abbie Cornish), Rocket (Jena Malone), Blondie (Vanessa Hudgens), Amber (Jamie Chung), Vera Gorski (Carla Gugino), Carson McCullers...

viernes, 12 de agosto de 2011

S/12.1981/8.8.2011/8


Pasaron treinta años. Prendió la cámara, la dejó correr. Los chicos también corrían, y se montaban otra vez en sus bicicletas. Mirando hacia atrás y hacia adelante. De algo huían. Hacía algún lugar iban. Pasado y futuro. Las linternas, los afiches en la pared, de casas desorbitadas de familias estrelladas. Monstruos con ojos. Monstruos con alma. Y el amor a los once años desde el asiento de atrás. Amor a los once años.

miércoles, 17 de febrero de 2010

Efecto Mariposa


 

Era el tercero de la línea. Aunque todos estaban uniformados en vestuario y maquillaje, Juan Primo se le reveló al instante. Incluso le pareció que su hermano la miraba. El era el tercero desde la derecha de una larga cortina humana de piernas tensadas, brazos extendidos y cuellos en fuga. ¿En qué estaría pensando él? En nada, o en nada más que en el siguiente paso que debería ejecutar tan perfecto en lo individual como ensamblado al movimiento de los otros intérpretes. Precisión singular, sincronización universal. ¿Y ella? Ella pensaba en él. Por fin la presentación en el Teatro Real estaba sucediendo. Y también pensaba en Juan Secondo, su hermano menor, nacido casi una hora después, en el límite del conocimiento y de casi toda experiencia sobre gemelos.

Pensaba en Primo, que ahora hacía alarde de una asombrosa contención aérea, elevándose y sosteniendo el salto; una figura homogénea de extremidades, torso y cadera, como una flecha impulsada y suspendida, pura fortaleza y levedad. Y pensaba en Secondo, que estaba tan lejos... Lo quería llamar: 88 552, y después el número de su celular. ¿Nada más? Era el otro extremo del planeta. ¿Qué hora sería en Chengdu?.

Pensaba... El lago de los cisnes...  Los sábados a la noche que pasaban los tres, mirando una y otra vez el video de la Companhia Nacional de Bailado, en el Teatro Camoes de Lisboa... Y después, las representaciones en el garage: ella, el príncipe Sigfrido; Juan Primo, Odette, el cisne blanco; y Juan Secondo, Odile, el cisne negro, además de maestro de ceremonias y público... La revista Danza Clásica Hoy con la que copiaban las ilustraciones que indicaban los movimientos impronunciables: el pas de deux, el baile de ella y Primo y el pas de trois, si lograban convencer a Secondo de jugar con ellos. A él le encantaban las piruetas, las acrobacias, y especialmente el momento de levantar -a ella o a Primo- y llevarlos por los aires, alrededor de toda la planta baja, haciéndoles cosquillas... Pensaba y volvía a ver las fotos de Alina Cojocaru, Maya Plisetskaya, Rudolf Nureyev, Mijaíl Baryshnikov... El disco de Tchaikovsky y el libro de pinturas de Edgar Degas.

La visión de Juan Primo finalizando un nuevo salto, descendiendo desde el aire, gradualmente, apoyando los dedos primero –como haciendo pie en una piscina-, y finalmente, el talón, la devolvió al teatro, y a sus dedos rígidos sobre la pantalla del celular: 88... 552... el código de China, y el de Chengdu... y el celular. Quizás Secondo estaría en la universidad. Antes consultaría con el operador o intentaría hacerlo desde Internet. Cambió la pantalla. También la escena: ahora Juan Primo participaba de un juego de rotaciones que procuraban romper deliberadamente con el estado de coordinación y equilibro. Giraba la cabeza hacia afuera, se impulsaba con la cadera y el tronco, y daba vueltas tomando cada vez mayor velocidad; las piernas extendidas y levemente inclinadas hacia atrás. Y al mismo tiempo que el cuerpo se arqueaba, comenzaban a batirse en el aire, igual que los brazos, que junto con las manos consumaban un dramático y apasionado aleteo. La vida y la muerte, el bien y el mal, el principio y el final de la existencia agitaban sus fuerzas en ese movimiento, como el de una mariposa...

Ingresó a Internet a través de Google, la mirada se perdió en el titular cuyas palabras provocaron una inmediata atracción, como si la hubieran estado esperando: Terremoto en China... Acababa de suceder, era de 7,8 grados Ritcher, en el suroccidente del país, en la provincia de Sichuan; era el peor de los últimos 30 años, ya se contaban más de 11.000 víctimas fatales, la agencia de noticias pública china empezaba a mostrar imágenes de las calles de Chengdu devastadas, y el complejo universitario del distrito de Dujiangyan en ruinas...

Juan Primo hizo una reverencia. Ahora sí ella estaba segura de que la estaba mirando. Vieron lágrimas, de él y de ella. Pas de deux.

 

 

 

viernes, 12 de febrero de 2010

Isla-incierta-de-cierto-libro


 

Nadó y nadó, hasta casi no sentir los brazos que empezaron a moverse como las agujas de un reloj que ya memorizaban sentido y ritmo sin necesidad de que nadie, jamás, volviera a darle cuerda. Notaba que ante cada aspaviento suyo el agua se desvanecía hasta vaporizarse, y sobre la superficie, sin salpicar, emergían desde el fondo del océano (¿o acaso sería el estanque del jardín dónde alguna vez se había ahogado su muñeca Tibbie?¿Y si se trataba otra vez de su propio mar de lágrimas?) diminutas criaturas tan particulares que no eran nada de lo aprendido por ella en sus clases de zoología, ni desconocido como las que había admirado en su Cuaderno de seres fantásticos de la Tierra Salvaje de Sir Benjamin T.W Balthus. Eran no peces, no aves, no anémonas, no mamíferos, no moluscos. Eran peces sin espinas, con ojos de lémur y melena de león, aves desplumadas, con arrugas y capelinas de seda, anémonas del color (y olor) de las mofetas, animales de cuatro patas esponjosos, con los miembros ateridos y oscilantes, ¡y crestas de vencejo!, osos de agua dorados, con corbatas a lunares, estrellas de mar que movían incesantemente sus casi piernas y casi brazos como un niño, y moluscos con garras...

Un cierto Pez Palo o incierto Albatros nadaba y volaba a la par de Alicia, por delante y por detrás, arriba como una nube, abajo como una hoja de camalote, casi adherido a ella, y susurrando: alicia alisa con alioli una lacia y lucificada alhaja a su alteza aislada... alicia alisa con alioli una lacia y lucificada alhaja a su alteza aislada... Escuchó una y otra vez esa misma frase dicha de manera desanimada por el no-Pez Palo no-Albatros, pronunciada al detalle como un secreto que debía ser memorizado palabra por palabra, como si en alguna de ellas y entre sus espacios y pausas vagara la clave de un misterio.

¡Por supuesto! Alicia abrió grande la boca tragando una familia completa de ciertas focas de Groenlandia con pico de frailecillos, y se detuvo inmediatamente. Así consiguió despegarse de su incómoda compañía que ya no flotaba ni planeaba a su alrededor. Estaba tan excitada que ni siquiera advirtió que junto a ella brotaron un reloj de bolsillo y un chaleco diminuto (*).

¡La isla!, ¡La isla!, gritó Alicia. Y sin tiempo a volver a escucharse cambió el rumbo. Justo en ese preciso instante aparecieron en el horizonte, enormes y fulgurantes como el último aliento del sol, los ojos del gato de Cheshire, enseguida pudo distinguir la cola y, finalmente, la sonrisa. Ya nada le resultaba tan raro, mucho menos que un gato de Cheshire pudiera sonreír, e incluso hablar como ya lo había hecho antes, desde la rama del árbol, apareciendo y esfumándose:  –“¿Serías tan pero tan loca y cambiar tu singular historia por la de una isla de la que no conoces nada y que acaso ya haya sido contada antes de que tú llegues hasta allí?”. Y eso sin mencionar la posibilidad de que tus pies se hundan apenas la alcances”, dijo el Gato. –“¿Qué final quieres tú: escapar de la Reina y su sentencia, o asirla del cuello, cortarle la cabeza, robar su corona e incluso quemar sus cartas? ¡Alicia!, dijo el Gato, sin recibir respuesta de la niña que ya no flotaba con la languidez del instante previo. ¡Alicia!¡Alicia!, gruñó, sacudiéndola con su pata derecha, hasta soltarla de su ensoñación.

Cuando Alicia finalmente lo oyó –recostada su cabeza sobre las raíces del árbol, en la orilla del río- apenas advirtió el desvalido ronroneo de su gata Dina. Miaaaaauuuuu... miiiiiiaauuuuu... Tendría que levantarse de inmediato y salir corriendo a buscar más leche.

 

(*) ¿Habría naufragado el Conejo Blanco?.

 

 

viernes, 29 de enero de 2010


¿QUE ISLA DESIERTA LLEVARIAS A UN LIBRO?